Hoy, en el Catecismo Político 8, nueva entrega del ‘Catecismo Político arreglado a la Constitución de 1978’, nos ocupamos del Poder Judicial. Porque la última palabra la tiene la toga.
En el reparto de papeles de este teatro del Estado, el Poder Judicial debería ser el apuntador silencioso: ese que no sale en la foto pero asegura que nadie se salte el guion de la ley. Sin embargo, en los tiempos que corren, la toga ha pasado de ser un refugio de imparcialidad a convertirse en la última trinchera de la batalla partidista.
Cuando la política no logra imponer su razón en las urnas o en el parlamento, corre al juzgado buscando que un mazo haga el trabajo sucio. El problema es que, de tanto forzar la costura, la seda de la toga empieza a deshilacharse y el ciudadano ya no sabe si quien dicta sentencia lo hace mirando al código o mirando al carné.
Catecismo Político 8 | Del Poder Judicial: la última palabra la tiene la toga
¿Es el poder judicial el más fuerte de los 3 poderes?
No por naturaleza, pero sí por posición. Su fuerza reside en ser el último recurso. Cuando el legislativo y el ejecutivo terminan su baile, la justicia es la que apaga la luz y decide quién se lleva la razón. Es el poder que tiene la capacidad de decir ‘no’ a los otros dos, y por eso mismo, es el que todos quieren domesticar para que ese ‘no’ nunca llegue a pronunciarse.
¿Qué ocurre cuando la justicia entra en el fango de la política?
Ocurre que se pierde el respeto al árbitro. Si los jugadores creen que el colegiado lleva la camiseta del equipo contrario, el partido se convierte en una batalla campal. El pecado actual es el bloqueo: mantener los órganos judiciales como rehenes de una negociación de despachos, convirtiendo la renovación de los jueces en un mercadillo de influencias. La penitencia es la desafección de un pueblo que empieza a sospechar que la balanza está trucada.
¿Existe la independencia judicial absoluta?
La independencia no es un estado, es un ejercicio diario de resistencia. El juez es humano y tiene sus ideas, pero la toga está diseñada para cubrir esas preferencias y dejar solo la ley a la vista. El peligro real no es que un juez piense, sino que un político elija al juez precisamente por lo que piensa. La última palabra debe tenerla la toga, pero siempre que sea una toga limpia de polvo electoral.
¿Qué dice en realidad la Constitución sobre la independencia del juez?
El artículo 117 es tajante: los jueces y magistrados son independientes, inamovibles, responsables y están sometidos ‘únicamente’ al imperio de la ley. Esa palabra, ‘únicamente’, es la que debería estar grabada en mármol en cada despacho. No dice sometidos al consejo de un ministro, ni a la editorial de un periódico, ni a la estrategia de un partido. La Constitución blinda al juez para que su única brújula sea el texto legal, aunque ese blindaje hoy parezca tener más grietas de las que los padres de la Constitución previeron.
¿De dónde emana la justicia según nuestro texto fundamental?
A menudo se olvida que el artículo 117 comienza diciendo que la justicia emana del pueblo. Pero ojo, que aquí está la trampa donde caen los populismos: emana del pueblo, pero se administra en nombre del Rey por jueces y magistrados. Esto significa que la justicia no es lo que una mayoría ruidosa decida en una plaza o en una red social en un momento de calentón; la justicia es la voluntad del pueblo cristalizada en leyes que los jueces deben aplicar con frialdad, nos guste o no el resultado.
¿Es la justicia igual para todos, como reza el mantra oficial?
El artículo 14 dice que todos los españoles somos iguales ante la ley, pero el poder judicial es el encargado de que eso no sea solo una frase bonita para enmarcar. El quejío viene cuando se percibe que hay una justicia de ‘2 velocidades’: una rápida y contundente para el que no tiene nombre, y otra llena de recursos, dilaciones y matices para el que tiene el teléfono de quien manda. La verdadera última palabra de la toga debería ser el recordatorio constante de que, frente al mazo, el traje de marca y el mono de trabajo pesan exactamente lo mismo.
¿Qué queda de la soberanía popular cuando la toga tiene la última palabra?
Queda el control. La democracia no es la dictadura de la mayoría; es el gobierno de la ley. El papel del juez, y en especial del juez constitucional, es recordar a los políticos que estar en el poder no te da derecho a saltarte el marco de convivencia. El quejío surge cuando ese control se usa para bloquear avances o para blindar privilegios. La última palabra la tiene la toga porque, sin ella, la política sería una selva donde solo sobreviviría el más fuerte, no el que tiene la razón.
CGPJ, TS, MF y TC
¿Cuál es el pecado original del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) según el espíritu constitucional?
El artículo 122 diseña el Consejo como el órgano de gobierno de los jueces para evitar, precisamente, que el Ejecutivo le meta mano a la Justicia. El pecado actual es haber convertido ese órgano en una ‘cuota de pantalla’ política. La Constitución pide que 12 de sus 20 miembros sean elegidos entre jueces y magistrados, pero la interpretación que se ha hecho durante décadas ha permitido que los partidos se repartan los cromos como si fuera el patio de un colegio. La penitencia es un órgano bloqueado y una justicia que, de tanto querer ser ‘representativa’, se ha olvidado de ser independiente.
¿Por qué el Tribunal Supremo (TS) se ha convertido en el campo de batalla preferido de la política?
Porque es la última estación. El artículo 123 lo sitúa como el órgano jurisdiccional superior en todos los órdenes. Y eso lo convierte en una pieza de deseo para el poder. Los políticos han descubierto que es más eficaz controlar la interpretación de la ley que la ley misma. Si consigues que la ‘última palabra’ la dé alguien cercano a tus tesis, la ley se vuelve de chicle. El pecado es la politización de las altas instancias; la penitencia es que el ciudadano medio ya no espera justicia del Supremo, sino que espera ver de qué lado cae la moneda según la mayoría que maneje la sala.
¿Qué papel juega la Fiscalía (MF) en este ‘catecismo’ de poder?
La Constitución, en su artículo 124, dice que el Ministerio Fiscal tiene como misión promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad y del interés público. El problema surge cuando se confunde el ‘interés público’ con el ‘interés del Gobierno’. La famosa frase «¿de quién depende la Fiscalía?» ha hecho más daño a la credibilidad de la institución que 1.000 sentencias polémicas. Si el fiscal general es nombrado por el Ejecutivo, la sombra de la duda siempre estará sentada en el estrado. La independencia aquí no es solo un derecho, es una necesidad para que la balanza no esté trucada de inicio.
¿Es el Tribunal Constitucional (TC) el ‘árbitro de los árbitros’ o un tercer tiempo de la política?
Aunque no forma parte del Poder Judicial (va por libre en el Título IX), el Constitucional es el que decide si la ley es ley o papel mojado. El problema es que se ha convertido en una suerte de ‘tercera cámara’ parlamentaria. Cuando un partido pierde una votación en el Congreso, corre al Constitucional para intentar ganar en el despacho lo que perdió en la urna. Si a eso le sumas que sus magistrados se eligen por cuotas descaradas, el resultado es un tribunal que, en vez de guardar la Constitución, parece que la custodia según le convenga al que lo puso ahí.
Conclusión del Catecismo Político 8
La justicia en España es como un buen vino: necesita tiempo, solera y, sobre todo, que nadie le eche gaseosa política para rebajarle el grado. Si queremos que la toga siga imponiendo respeto cuando entra en la sala, hay que dejar de usarla como moneda de cambio en los pasillos del Congreso. Porque al final, cuando el ruido de la política se apaga y las luces del informativo se van a negro, lo único que nos queda frente a la arbitrariedad es un señor o una señora con una balanza y un libro de leyes.
Que Dios —o la Ley— nos coja confesados si esa balanza empieza a inclinarse por el peso de un carné.
Índice del Catecismo Político arreglado a la Constitución de 1978
- Prefacio: Instrucciones para la ciudadanía del siglo XXI.
- Capítulo 1 | ¿Qué es Constitución?, el meollo de la cuestión.
- Capítulo 2 | De lo preliminar: España y Madrid, ¿quién manda aquí en realidad?
- Capítulo 3 | De los derechos y deberes: tu libertad termina donde empieza el parterre del vecino.
- Capítulo 4 | De la Corona: un rey para una democracia (y para los desfiles en la Castellana)
- Capítulo 5 | De las Cortes Generales: el arte de hablar mucho para decidir por todos.
- Capítulo 6 | Del Gobierno y la Administración: los que gestionan el día a día (y las multas).
- Capítulo 7 | Del Gobierno y las Cortes: el baile de la confianza y el control.
- Capítulo 8 | Del Poder Judicial: la última palabra la tiene la toga.
- Capítulo 9 | Economía y Hacienda: ¿A dónde van mis impuestos cuando cruzo la M-30?
- Capítulo 10 | Organización Territorial: el puzle de las autonomías, ayuntamientos y distritos.
- Capítulo 11 | El Tribunal Constitucional: los guardianes de las reglas del juego.
- Capítulo 12 | La Reforma: ¿Cómo se cambia una ley que parece escrita en piedra?
- Conclusiones | Para que no te la den con queso (ni en la Puerta del Sol).
(Nota: cada martes, según se vaya publicando los correspondientes capítulos podrás enlazar con cada uno de ellos.)
¿Crees que la justicia sigue siendo igual para todos o que la balanza se inclina según el carné que asome por la toga? ¿Es el Tribunal Constitucional un árbitro imparcial o la ‘tercera cámara’ donde los políticos juegan la prórroga? Baja al barro de los comentarios y cuéntanos tu visión; aquí el desacato es bienvenido si es con respeto y moderación.





