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Mientras luchaba contra la nobleza | Paul Lafargue

Mientras luchaba contra la nobleza | Paul Lafargue

«Mientras luchaba contra la nobleza, sostenida por el clero, la burguesía enarbolaba el libre examen y el ateísmo; pero, una vez triunfante, cambió de tono y de conducta; y hoy pretende apuntalar con la religión su supremacía económica y política. […] La moral capitalista, lastimosa parodia de la moral cristiana, anatemiza la carne del trabajador; Su ideal es reducir al productor al mínimo de las necesidades, suprimir sus placeres y sus pasiones y condenarlo al rol de máquina que produce trabajo sin tregua ni piedad».

Paul Lafargue

(Santiago de Cuba [entonces España], 15 de enero de 1842-Draveil [Francia], 25 de noviembre de 1911)

Médico, periodista, político y revolucionario

Paul Lafargue: «Mientras luchaba contra la nobleza…»

Paul Lafargue no fue solo el yerno de Karl Marx. Fue una de las figuras más singulares del socialismo internacional. El ‘enfant terrible’ del socialismo francés.

Nacido en Santiago de Cuba a (entonces España), su origen era una mezcla de ascendencia francesa, judía, indígena y caribeña. Y eso le convierte en un revolucionario de 4 raíces, un crisol de 3 continentes. Algo que le otorgaba una visión del mundo muy alejada del eurocentrismo rígido de otros teóricos de su época.

En efecto:

  • su abuela paterna era una mujer cristiana de Santo Domingo (la actual Haití), de origen africano; de ahí viene su herencia caribeña y mulata;
  • su abuela materna era una indígena de Jamaica; en las biografías clásicas se especifica ‘india’ para diferenciarla de la ascendencia africana de su otra rama familiar; de ahí su ascendencia indígena;
  • su abuelo paterno era de origen francés; y
  • su abuelo materno era de origen judío-español.

Sin embargo, esa mezcla le dio un aspecto físico que, en el París (Francia) de la época, le valió comentarios racistas, incluso en el círculo de Karl Marx.

Además, sabía de qué hablaba cuando dijo que «Mientras luchaba contra la nobleza, sostenida por el clero, la burguesía enarbolaba el libre examen y el ateísmo; pero, una vez triunfante, cambió de tono y de conducta…», pues su padre era un acomodado propietario de plantaciones de café en Cuba (entonces una provincia española).

Su trayectoria: de la medicina a la barricada

Paul Lafargue comenzó estudiando medicina en París, pero su activismo político le valió la expulsión de la universidad y el exilio en Londres (Reino Unido). Fue allí donde conoció a Karl Marx y, tras un cortejo que el propio fundador del marxismo vigiló con lupa (llegó a pedirle pruebas de su solvencia y seriedad), se casó con su segunda hija, Laura Marx.

Más tarde su activismo político fue una pieza clave en la difusión del marxismo en Francia y España. De hecho, tras la caída de la Comuna de París, se refugió en Madrid, donde ayudó a organizar la sección española de la Primera Internacional.

Aunque escribió mucho, su texto más disruptivo, célebre y provocador es ‘El derecho a la pereza’, su chef d’oeuvre’. En él, desmonta la ética del trabajo que la burguesía imponía a los obreros y defiende que el progreso tecnológico debía servir para liberar al ser humano, no para esclavizarlo. Y hoy sigue siendo un manifiesto contra la alienación del trabajo y una defensa del ocio como conquista humana.

Un final coherente y trágico

Lafargue siempre mantuvo que la vejez y la decadencia física no debían ser el final de un revolucionario. En 1911, fiel a esa convicción, él y Laura se suicidaron juntos mediante una inyección de ácido cianhídrico en su casa de Draveil (Isla de Francia). No obstante, dejó una nota explicando que lo hacía antes de que la ‘implacable vejez’ le quitara sus facultades y su energía.

Hoy, en su 184 aniversario, recordamos a Paul Lafargue en la frase del domingo en Pongamos que Hablo de Madrid | La Revista de Madrid con una cita suya muy explicita:

«Mientras luchaba contra la nobleza, sostenida por el clero, la burguesía enarbolaba el libre examen y el ateísmo; pero, una vez triunfante, cambió de tono y de conducta; y hoy pretende apuntalar con la religión su supremacía económica y política. […] La moral capitalista, lastimosa parodia de la moral cristiana, anatemiza la carne del trabajador; Su ideal es reducir al productor al mínimo de las necesidades, suprimir sus placeres y sus pasiones y condenarlo al rol de máquina que produce trabajo sin tregua ni piedad».

Esta cita es un análisis clásico de la superestructura: Lafargue señala cómo la clase dominante utiliza la religión como una herramienta de control variable. Si le sirve para derrocar a los señores feudales, abraza el ateísmo. Aunque si le sirve para disciplinar al proletariado y justificar su estatus, vuelve a abrazar la fe. Es la religión como instrumento de orden público.

La frase de Paul Lafargue sobre el uso estratégico de la religión por parte de la burguesía parece escrita esta misma mañana. ¿Crees que esa «supremacía económica» sigue necesitando hoy de los mismos apoyos que en el siglo XIX? ¿O piensas que ha encontrado nuevos altares? ¡Nos encantaría leer tu opinión en los comentarios!

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